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OPINIÓ

Mear en compañía

per Jonathan Martínez, 29 de setembre de 2022 a les 20:00 |

Llegeix aquí la versió en català de l'article de Jonathan Martínez

El otro día, durante una entrevista en Radio Euskadi, la ex ministra Arancha González Laya relativizaba la derrota del Partido Democrático en las elecciones italianas. Enrico Letta, decía González Laya, había intentado que los liberales de Acción se sumaran a la Coalición de centroizquierda. Sin embargo, el partido de Carlo Calenda disolvió las negociaciones porque Letta pactaba al mismo tiempo "con quienes son en el fondo comunistas". Matteo Salvini se frotaba las manos. "En la izquierda solo hay caos y van todos contra todos". "Una telenovela", apostillaba Giorgia Meloni.


Se ha hablado mucho del sistema electoral italiano y sus desviaciones. Es un debate parecido a otros debates más cercanos. El pasado mes de junio, Ciudadanos reclamaba en el Congreso español una modificación en la distribución de los diputados que corresponden a cada provincia. Como si así pudieran salvarse del naufragio. Es cierto, apunta un editorial de Naiz, que la coalición de Meloni ha logrado la mayoría absoluta con solo el 44% de los votos. Pero también es cierto que Aznar y Rajoy lograron sus mayorías absolutas con ese mismo porcentaje.

Faltan unos meses para las elecciones municipales y autonómicas de 2023 y ya se palpa una cierta efervescencia en el ambiente. Los comicios andaluces del pasado junio volvieron a resucitar la vieja querella de la desunión de la izquierda, la fragmentación de las candidaturas, las rencillas eternas convertidas en un espectáculo de desesperación para sus votantes. Juan Manuel Moreno aprovechó el despiste para barrer en las urnas mientras el partido A sometía a un pressing sofocante al partido B para que se sumara a un frente no tan amplio y el partido C se lamentaba de que el partido D fuera por libre.


He recordado una película de Mario Monicelli que se titula "Queridos, jodidísimos amigos" y que transcurre en Italia tras la caída del fascismo. Acechados por el hambre, unos boxeadores de poca monta recorren la Toscana en una camioneta sin fuelle y van dándose de hostias por los pueblos en espectáculos pugilísticos de pega. En un momento dado, la camioneta se avería y cuatro de nuestros queridos buscavidas salen a hacer un pis. Uno de ellos grita el viejo refrán: "El que no mea en compañía es un ladrón o un espía". Hasta el perro acude como un tiro a levantar la patita sobre el tronco de un arbusto.

Es cierto que las izquierdas se reparten en una miríada de siglas microscópicas y que las alianzas entre candidaturas tienden a despertar esperanzas. Pero hay un error de enfoque. Fundar el antifascismo sobre coyunturas electorales es una receta destinada al fracaso. Tratar de parar al fascismo en las urnas es como querer sanar una dolencia durante su fase terminal, cuando los síntomas menores de otros tiempos se han convertido ya en un cuadro clínico irreversible. La democracia, en Florencia o en Badalona, necesita algo más que llamadas a la unidad. Hace falta algo más que una izquierda resignada. Que una izquierda paliativa.

 

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Jonathan Martínez
Jonathan Martínez (Bilbao, 1982) és investigador en Comunicació Audiovisual. Col·labora en diversos mitjans com Naiz, Ctxt, Kamchatka, Catalunya Ràdio, ETB i TV3. A Twitter: @jonathanmartinz
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