opinión

El negocio de los muros

«Pedro Sánchez ha vendido a los saharauis igual que los vendió Felipe González. Saben que hay conflictos de primera y conflictos de tercera regional»

per Jonathan Martínez, 9 de juny de 2022 a les 20:25 |
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Se llama Volker Pawlowski y hubo un tiempo en que trabajó como obrero de la construcción en la vieja República Federal Alemana. Un día, a finales de los años ochenta, el telón de acero comenzó a resquebrajarse delante de sus ojos. Pawlowski vio la demolición del muro de Berlín. Vio la reunificación alemana. Vio la independencia de Ucrania y los países bálticos. Vio el desmoronamiento de la URSS. La historia se aceleró y fue como si el mundo que habíamos conocido hasta entonces se hubiera quedado antiguo de la noche a la mañana.

En el plazo de un año, la economía capitalista proclamó su triunfo definitivo sobre el continente y el comunismo fue convirtiéndose poco a poco en un artículo de coleccionismo. En las capitales de Europa del Este, los viajeros occidentales merodeaban por los mercadillos en busca de pequeñas piezas de ferralla soviética a precio de saldo. En Berlín, los vendedores callejeros ofrecían como souvenir pequeños fragmentos del muro que durante años dividió la ciudad.

Espoleado por el mito emprendedor del libre mercado, Pawlowski incubó una idea visionaria. Un negocio visionario. Como conocía el gremio de la construcción, no le costó dar con los depósitos donde habían ido a parar los restos del muro de Berlín. Compró 150 metros de aquella inservible barrera de hormigón y acero. Mientras los empresarios alemanes reutilizaban el material de derribo en la reparación de autopistas, Pawlowski vendía fragmentos a los turistas con un sustancioso margen de ganancia. La nostalgia siempre fue una mercancía lucrativa.

En 1991, el año en que Pawlowski llenaba sus almacenes de hormigón, los fusiles de una antigua guerra guardaban silencio en el norte de África. Era una paz provisional, una paz precaria, pero una paz al fin y al cabo. Con el patrocinio de la ONU, Marruecos y el Frente Polisario acordaron un alto el fuego que debía desembocar en un referéndum de libre determinación para el Sáhara. Jamás hubo ningún referéndum y hace ya casi cincuenta años que los refugiados saharauis se pudren de olvido en los campamentos de la provincia argelina de Tinduf.

A lo largo de los años ochenta, en mitad de aquella guerra sin fin, la dictadura marroquí fue levantando una enrevesada línea de muros defensivos que no solo cuartean el territorio del Sáhara Occidental, sino que además han expulsado al Frente Polisario a los márgenes del desierto. Este muro de muros está guarnecido por siete millones de minas antipersona que siguen dejando muertos y mutilados mientras el mundo prefiere mirar para otro lado.

Pedro Sánchez ha vendido a los saharauis igual que los vendió Felipe González. Saben que hay conflictos de primera y conflictos de tercera regional. Nunca nadie derribará a mazazos el muro de Marruecos al ritmo de Wind of change. Los turistas nunca pasearán por el desierto en busca de souvenirs. Pawlowski no les venderá un trozo de piedra a precio de oro porque en esta ocasión el negocio no consiste en derribar el muro, sino en apuntalarlo.

 

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Jonathan Martínez
Jonathan Martínez (Bilbao, 1982) és investigador en Comunicació Audiovisual. Col·labora en diversos mitjans com Naiz, Ctxt, Kamchatka, Catalunya Ràdio, ETB i TV3. A Twitter: @jonathanmartinz
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