opinió

Volcanes sociales

«Vivimos tiempos crispados de pandemia, crisis económica, trabajo precario, precios abusivos y recortes de derechos. Pero las calles muestran una relativa calma»

per Jonathan Martínez, Barcelona, Catalunya | 23 de setembre de 2021 a les 20:00 |
Llegeix aquí la versió en català de l'article de Jonathan Martínez 

Veo en la pantalla del ordenador el espectáculo destructivo del volcán de La Palma
y no puedo dejar de pensar en ese río de lava ardiente que devora pueblos enteros a su paso. Es curioso cómo un tablero de píxeles luminosos es capaz de acercarme y alejarme al mismo tiempo del drama. Me acerca porque me permite asistir como espectador a un suceso remoto que no podría conocer de otra forma. Y me aleja porque suscita en mí un sentimiento de impotencia, de no poder intervenir en el curso de los acontecimientos para mitigar el dolor de aquellos que lo están perdiendo todo.


En un ensayo titulado Vidas adosadas, Pere Saborit señala una desviación ingenua del ambientalismo que cifra su amor a la naturaleza en un árbol centenario o en un pacífico riachuelo, pero que olvida los huracanes y los terremotos. Algunas veces, la intervención humana no socava el entorno natural, sino que lo corrige o lo domestica para que la vida en él sea posible. Ahora mismo hay un contingente de bomberos, agentes de protección civil, voluntarios y científicos que están poniendo todo su empeño en contener la catástrofe.

La primera vez que me interesé por los vulcanólogos fue cuando quise informarme sobre el Etna, el volcán activo más grande de Europa, que estos días ha vuelto a escupir algunas bocanadas de humo. Me preguntaba cómo sería convivir con la posibilidad remota pero real de una erupción mortífera. Hace 3.500 años, una caldera volcánica devastó la isla griega de Santorini y condujo a la ruina a la civilización minoica. En la costa del golfo de Nápoles, todavía hoy es posible visitar las ruinas de Pompeya, con sus cadáveres fosilizados y algunos de los frescos que sobrevivieron al Vesubio.


Leo que la vulcanología ha destinado grandes esfuerzos a reforzar su capacidad predictiva, pero el vientre del planeta prefiere mantenernos en la incertidumbre. Aunque sea remotamente, me recuerda a los inconvenientes que experimentan las ciencias sociales cada vez que intentan predecir un fenómeno de masas. A veces, cuando creemos que existen todas las condiciones para que estalle la protesta, el cuerpo social permanece inactivo, silencioso y replegado sobre sí mismo. Otras veces, sin que nadie haya sabido advertirlo, las calles se agitan y los gobiernos se estremecen.

No se me ocurre mejor metáfora que la del volcán. En escenarios convulsos, la lava se desborda sin que nadie sepa cómo encauzarla y arrasa con todo lo que parecía inamovible. Después la roca ardiente se solidifica y moldea el nuevo paisaje que habremos de habitar. Vivimos tiempos crispados de pandemia, crisis económica, trabajo precario, precios abusivos y recortes de derechos. Pero las calles muestran una relativa calma. Mientras tanto, las entrañas de la tierra van fraguando el malestar de la gente a fuego lento, como uno de esos guisos que exigen una cocción larga y paciente. Quién sabe en qué momento llegará la erupción.

 

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Jonathan Martínez
Jonathan Martínez (Bilbao, 1982) és investigador en Comunicació Audiovisual. Col·labora en diversos mitjans com Naiz, Ctxt, Kamchatka, Catalunya Ràdio, ETB i TV3. A Twitter: @jonathanmartinz
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