opinió

Presos y rehenes

«Cuando los presos forman parte del acuerdo, hay que preguntarse dónde termina la condición de presos y dónde comienza la de rehenes»

per Jonathan Martínez, 3 de juny de 2021 a les 20:00 |
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El 17 de julio de 1936, cuando los primeros militares se sublevaron en Melilla
, Raimundo Fernández-Cuesta ocupaba una celda en la prisión madrileña de la Modelo. Lo había detenido en marzo la Policía durante una redada contra la dirección de la Falange. El sumario 119.936 acusaba a los reos de formar una asociación ilícita.

Cuando los golpistas consolidaron sus posiciones, a Fernández-Cuesta se le presentó una terrible paradoja. Mientras el fascismo avasallaba a sus enemigos, los dirigentes falangistas permanecían cautivos en zona roja. En cualquier momento podían sucumbir a la furia de sus captores. El propio Fernández-Cuesta sobrevivió de milagro a las sacas de la cárcel de Alcalá.

Cuenta Fernández-Cuesta en sus memorias que abrigaba la esperanza de que lo canjearan por algún dirigente republicano. Al fin y al cabo, él era un preso con pedigrí, una mercancía valiosa para el intercambio de rehenes. Los dos bandos negociaron canjearlo por Pello Irujo, hermano del ministro peneuvista Manuel Irujo. Finalmente, Fernández-Cuesta accedió a la zona nacional a cambio de la liberación de Justino de Azcárate.

Estos días se ha hablado sobre indultos. Se ha hablado de Alfonso Armada, indultado tras dirigir el golpe de estado del 23-F. Se ha hablado de Rafael Vera y José Barrionuevo, indultados tras el secuestro de Segundo Marey. La comparación, no obstante, es tramposa. Entre otras cosas porque Armada, Vera y Barrionuevo torcieron la ley en nombre de su amor a España. Y los presos catalanes han sido clasificados como enemigos de la patria. Y eso se paga.

Todo el mundo asume que la opción del indulto es el resultado de la negociación entre dos partes que hasta ahora no se reconocían. No han sido los detractores del indulto sino sus partidarios quienes han celebrado los dividendos que reportará esta solución. Dicen que no se tratará de una medida gratuita de gracia sino de una herramienta que permitirá poner coto a las aspiraciones de independencia.

Vaya por delante que reconozco las bondades de la negociación política. Que deseo ver a los presos en la calle. Y que sé que en este entuerto no solo intervienen los Gobiernos de España y Catalunya sino también y sobre todo los tentáculos del Estado profundo. Sin embargo, me asaltan muchas preguntas.

Si no hay opciones para la unilateralidad pero tampoco para el referéndum pactado, ¿es esto un regreso a la reforma cepillada del Estatut de 2006? ¿De qué han servido estos quince años? ¿Qué medida de gracia merecen las decenas de personas represaliadas que todavía hoy afrontan multas, detenciones y juicios en el más clamoroso de los silencios?

Algunos han recordado a Armada, Vera y Barrionuevo. Yo he recordado a Raimundo Fernández-Cuesta. Si obtuvo la libertad fue porque también el otro bando hizo prisioneros. La negociación política es un arte respetable. Pero cuando los presos forman parte del acuerdo, hay que preguntarse dónde termina la condición de presos y dónde comienza la de rehenes.

 

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Jonathan Martínez
Jonathan Martínez (Bilbao, 1982) és investigador en Comunicació Audiovisual. Col·labora en diversos mitjans com Naiz, Ctxt, Kamchatka, Catalunya Ràdio, ETB i TV3. A Twitter: @jonathanmartinz
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