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OPINIÓN

​La doctrina del shock

«Para que los políticos catalanes puedan ser condenados por un delito de rebelión, se necesita violencia. Y si la violencia no existe, es necesario fabricarla»

per Jonathan Martínez, 26 de setembre de 2019 a les 21:30 |

Lo explicaba Naomi Klein en su obra La doctrina del shock: las contrarreformas de la clase dominante siempre llegan en momentos de confusión colectiva, a menudo seguidas de una catástrofe natural o un atentado. El miedo inducido y la amenaza de la violencia operan como herramientas de control de masas. Klein lo llama capitalismo del desastre.


Ocurrió en Chile cuando Richard Nixon recurrió a la CIA para derrocar a Salvador Allende y blindar el libre mercado. Millones de dólares estadounidenses sirvieron para desestabilizar la economía chilena. Se alentaron las huelgas. En junio de 1973 se organizó un primer golpe de estado fallido. En septiembre fue la vencida. Las fuerzas de Pinochet bombardearon el Palacio de La Moneda. A Víctor Jara le arrancaron las manos y le clavaron 44 balas.

La doctrina del shock reapareció en Estados Unidos después del 11-S. George W. Bush aprovechó la confusión de una sociedad sobrecogida por los ataques para invadir Afganistán primero e Irak después. Los derechos humanos quedaron suprimidos en nombre de la seguridad nacional. Guantánamo se convirtió en un campo de concentración. En 2004, el Washington Post desveló una serie de fotografías que retrataban la prisión de Abu Ghraib como un oscuro torturadero.

Durante más de cuarenta años, las políticas antiterroristas constituyeron el principal pegamento de la unidad de España. Los partidos, la judicatura, los cuerpos policiales y la prensa impulsaron y toleraron toda clase de abominaciones con el pretexto de la lucha contra ETA. Desde recortes de derechos civiles hasta la guerra sucia y la tortura. Quien se atreviera a poner en cuestión ese consenso era señalado como amigo de los asesinos y apartado de la esfera pública.

En 2010, cuando ETA anunció que deponía las armas, los poderes oficiales se negaron a dar crédito a la noticia. Nunca una buena nueva provocó tanto enojo en nuestros gobernantes. Declaraciones airadas. Manifestaciones derechistas contra lo que la rama dura del PP calificó de “tregua trampa”. Con el tiempo, cuando el desarme se fue consolidando, el Estado tuvo que reformular su estrategia.


A falta de un enemigo común, los medios empezaron a alimentar el mito de un terrorismo gallego que nadie jamás había visto. La Guardia Civil y la Policía hablaban de una peligrosa Resistencia Galega. Las redadas infundadas llenaban telediarios. Mientras la Audiencia Nacional utilizaba una carta amorosa como prueba para repartir condenas por terrorismo, el magistrado Sáez Valcárcel denunciaba las acusaciones "sin sustento probatorio".

La última redada contra los CDR tiene un carácter disciplinario. Para que los políticos catalanes puedan ser condenados por un delito de rebelión, el Código Penal exige que exista violencia. Y si la violencia no existe, es necesario fabricarla. Convertir los servicios informativos en partes de guerra. Crear una mitología fantasiosa de planos de cuarteles y explosivos. La doctrina del shock. Más vieja que el tebeo.

 

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Jonathan Martínez
Jonathan Martínez (Bilbao, 1982) és investigador en Comunicació Audiovisual. Col·labora en diversos mitjans com Naiz, Ctxt, Kamchatka, Catalunya Ràdio, ETB i TV3. A Twitter: @jonathanmartinz
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